08 noviembre, 2017

Del tiempo y las cosas



Somos viajeros incansables.

Viajamos para descubrir paisajes, monumentos, costumbres, lugares, lecturas... Viajamos para, también, conocernos a nosotros mismos.

Y en estos viajes descubrimos sensaciones, miradas, emociones, las distintas tonalidades de la luz, los horizontes, los colores que nos acompañan en el trayecto, las músicas que ponen la banda sonora a nuestras vidas. Conocemos gente, palabras, expresiones, sabores y olores y objetos, pequeñas cosas que incorporamos a nuestra memoria y que van a formar parte, ya para siempre, de nuestras vidas. Todas estas cosas van configurar nuestro equipaje. Un equipaje que se va haciendo cada vez más grande, a veces más pesado, a veces más liviano a medida que descargamos todo aquello que fuimos recogiendo, cuando llegamos a ser conscientes de la inutilidad de tantas cosas.

Sin embargo, hay cosas que permanecen siempre. Objetos, olores, lugares y personas que asociamos a un momento concreto a un paisaje en el que algún día fuimos felices.

¿Somos lo que recordamos o recordamos gracias a lo que hemos llegado a ser?. La memoria es frágil y el olvido caprichoso y selectivo pero, en este ir y devenir, las emociones asociadas a ciertos momentos, a ciertos objetos, ciertos recuerdos arraigan en nosotros para siempre configurando nuestra forma de ser y estar en el mundo.

El tiempo y las cosas es un paseo por nuestras propias huellas. Como si volviéramos a poner las pisadas en ese lugar exacto en el que un día marcamos nuestro camino. Un paseo por las pequeñas cosas que nos dejaron otros tiempos y que nos permiten reconstruir nuestro pasado, un pasado que no fue ni mejor ni peor pero que fue nuestro y por tanto único y muy personal.

Un mismo objeto evoca en cada uno de nosotros sensaciones y emociones diferentes porque van asociados a personas, experiencias y paisajes distintos y no es fácil explicarle a los otros porque ese juguete de hojalata, ese libro desvencijado de hojas amarillentas, esa maleta de cartón, ese sonajero de madera, o esa pequeña caja de madera llena de hilos de colores, despiertan en nosotros al niño, la niña que fuimos, a la joven enamorada, al hombre confundido. Porqué esa vieja hamaca nos trae las siestas de veranos indolentes, el pupitre y el olor a goma de borrar vuelve a transportarnos al tiempo de las risas y las complicidades escolares.

A veces, la mayor parte de las veces las palabras no permiten definir ese recuerdo. Necesitamos tocar las cosas, percibir su tacto, aspirar su olor desvaído, para poder situarlas en el tiempo, para convocar la memoria. El silencio es, entonces, nuestro mayo aliado. No hay nada que explicar porque lo vivido es inexplicable e incomprensible y porque los recuerdos individuales no permiten ser compartidos sin pasar por el tamiz de los otros y sus propias experiencias.

Uno viaja incansablemente. Desde su sillón o su casa, desde las viejas calles que acogieron nuestros juegos, desde las plazas donde nos besaron por primera vez, desde su memoria y su recuerdo hacia un presente –a veces más incierto que el futuro- Uno viaja por su cocina y encuentra la vieja lata de galletas de su abuela, o por los estantes de su salón -en los que se acumulan viejas fotografías, que nos observan misteriosamente- repletos de cajas de música, un viejo soldado de plomo, un objeto de cerámica con algunas cicatrices. Una antigua lámpara ilumina quizás nuestra lectura, como iluminó las de otros que nos precedieron en el arte de leer. Una vieja silla guarda secretos de cuentos y leyendas frente a la lumbre. Una vieja llave nos conduce a puertas misteriosas siempre cerradas en un tiempo para nosotros y que os permitían imaginar las historias que escondían y los secretos que guardaban. Uno sube a los polvorientos desvanes y abre viejos baúles con olor a naftalina en los que se amontonan, cuidadosamente envueltos en papeles de periódicos sepia, las deliciosas sábanas de hilo bordadas de una abuela o de aquella tía que guardó amor eterno a un amor imposible.

Cuando las personas desparecen quedan entonces sus huellas en forma de estos objetos y podemos así revivir recuerdos, recordar conversaciones, gestos, palabras: “aquí dijiste…”

Este es un recorrido por el paso del tiempo y las cosas que nos han ido acompañando en nuestra vida. Un recorrido contra el olvido y a favor de la memoria, por lo que fuimos y somos. Por lo que seremos gracias a nuestra capacidad de conocer el olvido y su capacidad devastadora. Recordamos para construir nuestro refugio, un lugar en el que sentirnos seguros a salvo de las inclemencias cotidianas y cada objeto que nos acompaña, en este recuerdo incansable, se convierte en un amuleto contra el desarraigo y la soledad.

Isabel Sánchez Fernández
Prólogo para el Catálogo de la exposición "El tiempo y las cosas", realizada en la Plaza Mayor de Salamanca con motivo de la 25 Feria Municipal del Libro Antiguo y de Ocasión. Octubre-noviembre, 2017

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19 octubre, 2017

El viaje

Desde la infinita pena, desde la enorme tristeza, desde el corazón roto y el alma apretada, desde la decepción, la desilusión, la inmensa soledad... Este poema de Mary Olivier.


El viaje

Un día por fin supiste
lo que tenías que hacer, y lo empezaste,
aunque a tu alrededor algunas voces
insistían en gritar
malos consejos…
aunque toda la casa
se puso a temblar
y sentiste el viejo tirón
en los tobillos.
“¡Arréglame la vida!”,
gritaba cada una de las voces.
Pero no te detuviste.
Sabías lo que tenías que hacer,
aunque el viento husmeara
con sus dedos rígidos
hasta en los cimientos,
aunque su melancolía
fuese tremenda.
Ya era bastante tarde
y era una noche espantosa
y la carretera estaba llena
de ramas y piedras caídas.
Pero poco a poco,
a medida que dejabas atrás sus voces,
las estrellas comenzaron a arder
a través de las láminas de nubes,
y se oyó una voz nueva
que lentamente
reconociste como tuya,
que te hacía compañía
mientras a zancadas
penetrabas cada vez más en el mundo,
con la decisión de hacer
lo único que podías hacer…
la decisión de salvar
la única vida que podías salvar.


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08 junio, 2017

Autorretrato

Porque el poeta y prosista polaco Adam Zagajewski ha sido distinguido con el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2017 y yo vivo con este autorretrato a cuestas...



Autorretrato

Entre ordenador, lápiz y máquina de escribir
se me pasa la mitad del día. Algún día se convertirá en medio siglo.
Vivo en ciudades ajenas y a veces converso
con gente ajena sobre cosas que me son ajenas. 
Escucho mucha música: Bach, Mahler, Chopin, Shostakovich.
En la música encuentro la fuerza, la debilidad y el dolor, los tres elementos.
El cuarto no tiene nombre.
Leo a poetas vivos y muertos, aprendo de ellos
tenacidad, fe y orgullo. Intento comprender
a los grandes filósofos -la mayoría de las veces consigo
captar tan sólo jirones de sus valiosos pensamientos.
Me gusta dar largos paseos por las calles de París
y mirar a mis prójimos, animados por la envidia,
la ira o el deseo; observar la moneda de plata
que pasa de mano en mano y lentamente pierde
su forma redonda (se borra el perfil del emperador).
A mi lado crecen árboles que no expresan nada,
salvo su verde perfección indiferente.
Aves negras caminan por los campos
siempre esperando algo, pacientes como viudas españolas.
Ya no soy joven, mas sigue habiendo gente mayor que yo.
Me gusta el sueño profundo, cuando no estoy,
y correr en bici por caminos rurales, cuando álamos y casas
se difuminan como nubes con el buen tiempo.
A veces me dicen algo los cuadros en los museos
y la ironía se esfuma de repente.
Me encanta contemplar el rostro de mi mujer.
Cada semana, el domingo, llamo a mi padre.
Cada dos semanas me reúno con mis amigos,
de esta forma seguimos siendo fieles.
Mi país se liberó de un mal. Quisiera
que le siguiera aún otra liberación.
¿Puedo aportar algo para ello? No lo sé.
No soy hijo de la mar,
como escribió sobre sí mismo Antonio Machado,
sino del aire, la menta y el violonchelo,
y no todos los caminos del alto mundo
se cruzan con los senderos de la vida que, de momento,
a mí me pertenece.

Versión de Elzbieta Bortkiewicz

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31 mayo, 2017


Alguna vez recuerdo ciertas noches de junio, cuando el mes amanecía espléndido entre montañas, viejos dinosaurios azules tendidos al sol inmenso de los ya largos días de pájaros y noches de luna llena.
Alguna vez recuerdo una casa sobre un río que acompañaba las noches estrelladas con su música de siglos y su fluir acompasado y monótono.
Recuerdo también, en aquellos días, el paseo hasta una fuente inundado de olores y colores que iban y venían del monte hasta mis manos.
Y las flores siemprevivas sobre el viejo hule de cuadros desvaídos. Y las contraventanas azules entreabiertas por las que entraba el frío de la mañana hasta que el sol inundaba de luz y calor los campos y los huertos.
Eran pocos días -tan intensos- en los que el mundo parecía detenerse y la muerte se alejaba prometiéndote la vida eterna y el amor eterno.
Recuerdo las calles empedradas y la vieja tasca ruidosa en la que servían vino áspero y amargo como las lágrimas que resbalaban frecuentemente hasta mis labios. Recuerdo también el sabor de aquellas lágrimas llenas de emociones encontradas, que iban del dolor a la alegría cayendo, gota a gota, por el pequeño puente sobre el regato que cruzaba las calles de aquel pueblo blanco y bullicioso.
Los altares de flores en la plaza, dos sillas vulgares bajo un rosal,  que se convertían en pequeños tronos para el amor bajo la oscuridad de la noche, apenas iluminada por la luna y por estrellas fugaces, pequeñas estrellas que contábamos al recogerlas con nuestras manos entrelazadas incapaces de sujetar toda la fuerza de nuestro corazón, que se escapaba entre los dedos.
Recuerdo bien ciertas noches, ciertos días de junio. El instante del regreso al paraíso y luego la partida, con las manos al viento, intentando sujetar las horas, con el corazón en la garganta a punto de salirse a borbotones por la estrecha carretera y derramarse sobre las vides que nos acompañaban en el camino de la huida.


Noches del mes de junio
(Jaime Gil de Biedma)



Alguna vez recuerdo
ciertas noches de junio de aquel año,
casi borrosas, de mi adolescencia
(era en mil novecientos me parece
cuarenta y nueve)
porque en ese mes
sentía siempre una inquietud, una angustia pequeña
lo mismo que el calor que empezaba,
nada más
que la especial sonoridad del aire
y una disposición vagamente afectiva.
Eran las noches incurables
y la calentura.
Las altas horas de estudiante solo
y el libro intempestivo
junto al balcón abierto de par en par (la calle
recién regada desaparecía
abajo, entre el follaje iluminado)
sin un alma que llevar a la boca.
Cuántas veces me acuerdo
de vosotras, lejanas
noches del mes de junio, cuántas veces
me saltaron las lágrimas, las lágrimas
por ser más que un hombre, cuánto quise
morir
o soñé con venderme al diablo,
que nunca me escuchó.
Pero también
la vida nos sujeta porque precisamente
no es como la esperábamos.


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26 mayo, 2017

Todo puede ser poesía

 Vassilis Tangoulis

"Todo puede ser poético: una voz incomprensible en el cuarto de al lado, su silencio repentino, el ruido de un motor, la gota de agua de un grifo, un montón de cachivaches, un árbo, que se mece, el reflejo de la luz en un cacharro de cristal, unos tejados húmedos, una huida en la calle, un adorno incomprensible, una figura con un largo abrigo negro, un movimiento de cabeza, un cordón de teléfono, un montón de cubiertas de automóvil, una tubería de conducción, cualquier impresión de la naturaleza, cualquier objeto de nuestro uso diario"
D. Wellershoff (1976)


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18 enero, 2017

Fotografía: Morello Pietro 


ACEPTACIÓN
F. Brines

Saliste a la terraza
pensando que la brisa de la noche
podría devolverte al que eres siempre.
Mas la tibieza que en tu cuarto había
era un ámbito ,allí, bajo la calma
de alejadas estrellas.
Olvidar pretendías unas horas
todavía recientes, la penumbra
que acercaba el latido de los dos,
y tus palabras qué serenas eran
como si a nadie las dijeses. Viste
la emoción de su rostro, su contorno
quemarse de belleza;
y esas mismas palabras te llenaban
de dolor y de sombra.
De nada te sirvió, cuando quedaste
solo, cegar la luz,
hacer brotar desde un rincón la música,
fortalecer tu fe con su joven pureza.
Sobre tu frente se rompían olas
gigantes: el calor
detenido del día,
el naufragio de un hombre que entregaba
la pasión de su vida en el espectro
doliente de la música (aún
como si la esperanza le alentase),
y te ardía el espíritu
porque sentías declinar tu vida.
Para ser el que fuiste
sales a la terraza, para ver
si un frío súbito derriba pronto
la plenitud del corazón. Tocas
el aire oscuro con los labios, oyes
los gritos fatigados de la calle,
la luminosa altura te estremece.
El tiempo va pasando, no retorna
nada de lo vivido;
el dolor, la alegría, se confunden
con la débil memoria,
después en el olvido son cegados.
y al dolor agradeces
que se desborde de tu frágil pecho
la firme aceptación de la existencia.



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17 enero, 2017

Mi último amor



"Mi último amor’
Mi último amor, bien pudiera ser,
me ha dejado (a tal altura),
difícil de conquistar
y fácil de defender.


Gloria Fuertes
(En ‘Historia de Gloria’, Editorial Cátedra)

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17 octubre, 2016

Jara II

Y te fuiste, sí, te fuiste.
Dejando tras de ti un rastro de dolor, tristeza, nostalgia, recuerdos.
Te fuiste silenciosa, sin apenas hacer ruido -cuánto te consolará esto- me dicen. No me consuela, no. Porque lo único que me consolaría ahora sería poder abrazarte y acariciarte de nuevo. Poder dar un largo paseo contigo o bañarnos juntas en el mar.
Ahora no me consuela nada. Ni siquiera las cosas que antes me gustaban. No me consuela nada porque no estás ahí, a mi lado, tumbada en tu colchón mientras leo, escribo o escucho música, porque nadie viene a recibirme a la puerta de la casa, cada día, como si volviera de una ausencia de meses, porque cuando salgo a la calle miro a mi lado y no estás y el río se me antoja feo y gris, y este año no vas a poder perseguir a las hojas de otoño arrastradas por el viento.
Las calles me duelen porque las he pisado cada día, durante años, contigo.
Me duele aquella esquina, ese banco, la fuente del parque, la terraza a la que tanto te gustaba ir.
Me duele el vacío que ha dejado tu cama, la casa sin tus huellas, ver tus cuencos vacíos, la ausencia del ruido de tus pisadas.
Me duelen las rodillas en las que apoyabas tu cabeza para decirme -aquí estoy, y estoy contigo- la mano que ya no puede sentir el tacto de tu pelo, los labios que no pueden llenarte de besos hasta que, cansada de tantos mimos, me apartabas dulcemente con tu pata.
Y ahora me duele también saberte debajo de un montón de tierra mojada por la lluvia de hoy, que también te llora a chorros, como yo te lloro.

P.d. He plantado una jara para ti y para mí sobre tu tumba, pequeña. No tengas miedo.



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12 octubre, 2016

Jara I


Duermes a mi lado. Estás enferma y viejecita. Luchas por tu vida y yo te ayudo, con todo lo que tengo para que consigas salir victoriosa. Sé que no sufres porque estás tranquila. Yo leo, escribo, escucho mi música favorita y de vez en cuando te miro o me acerco a tu cama para abrazarte y acariciarte.
Después de todo lo sufrido estos meses, son unas horas tranquilas. Aprendo a serenarme, a resignarme ante el tiempo y sus destrozos, me preparo para tu ausencia sin prepararme, esperando una luz al final del túnel, un rayo de sol, un destello de esperanza.


Miro tu cuerpo maltratado por la ciencia, la que pretende alargar tu vida de una forma soportable y digna. Miro tu cuerpo y lo recuerdo trotando por la playa, nadando tras la pelota en la piscina, corriendo por la casa mientras haces alguna travesura y yo te persigo divertida.


Miro tu cuerpo de 14 años. La edad joven de los seres humanos, una edad demasiado avanzada para un ser perruno y recuerdo los paseos contigo. Esos paseos silenciosos, serenos, tú a lo tuyo y yo a lo mío. No hay nada mejor que pasear con un perro, nos permite mirar, admirar, descubrir, pensar. Pasear como si fueras sola pero acompañada por alguien a quien respetas y quieres. Sin  necesidad de conversaciones inútiles, ni de gestos vacíos, sin sentimientos de frustración o de miedo, sin dudas, sin miramientos, ni contemplaciones. Los paseos contigo, Jara, han sido los mejores paseos de mis 14 años contigo.

Miro tu rostro, apenas ha cambiado, un poco más blanco quizás, pero con esa expresión dulce y tierna que siempre has tenido. 

Miro tus ojos, ahora más tristes, decaídos y opacos. Recuerdo que te he visto sonreír con ellos, a tu manera, sostener una mirada picaresca cuando cometías una travesura, o dejar traslucir un gesto culpable cuando la liabas. Tus ojos me han dicho muchas veces que me querías un montón, que estarías siempre a mi lado, que nunca me abandonarías, que me cuidarías y me protegerías...

Jara, mi amiga perruna, mi compañera fiel y cariñosa. Estamos viviendo la última etapa de tu vida y yo estoy aprendiendo a despedirme un poco de ti cada día. Me he despedido muchas veces de ti en estos últimos meses: cuando no quieres comer, cuando no quieres moverte, cuando te dejo ingresada en el veterinario y el día se me hace eterno sin ti, cuando te metieron en julio en el quirófano y tenía miedo de no volver a verte. Ya ves Jarita, me he despedido muchas veces de ti con la esperanza de volver a verte siempre. Qué despedidas tan inútiles...

Mientras que llega el día doloroso y triste, seguiré sentándome a leer, escribir o a escuchar música a tu lado, contigo a mis pies, tumbada en tu colchón. Y te miraré y te abrazaré y te acariciaré y te diré con mis ojos y mis palabras lo mucho que te quiero y la pena tan grande que tengo de que te vayas de mi lado. Pero eso tú ya lo sabes. Yo lo he sabido siempre.







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21 abril, 2016

La medida de las cosas



Una se muere muchas veces. Tantas que a veces pierde la cuenta y cuando se vuelve a morir ya no sabe si va por la cien o la doscientas.

Y una renace tantas otras y vuelve a mirar un paisaje como si lo viera por primera vez o a escuchar una música como si nunca la hubiera escuchado o a disfrutar de un olor o de un sabor como si su olfato y su paladar fueran nuevecitos a estrenar.

Y entonces nos acostumbramos. A morir y a renacer, a hundirnos y a volar y empezamos a percibir que las dos cosas van unidas y que después de una tormenta sale el sol y detrás del invierno gris llega la primavera con su luz y sus colores brillantes.

Y cuando te acostumbras, la muerte duele menos y las alegrías son más serenas y menos definitivas y es también cuando aprendes que no hay amores eternos, que no hay amigos eternos, que no hay dolor ni sufrimiento eterno.

Y este aprender da un poco de pena porque dejas de sorprenderte y de entregarte por completo y le empiezas a conceder a las cosas su justa medida y enfrías las pasiones y pones las emociones en cuarentena porque sabes que no van a durar mucho y que, de un día para otro, pueden cambiar y ser otras emociones distintas.

Y a veces piensas que esto era hacerse mayor. Que cuando observabas la templanza de tu abuela o de tu madre, no es que ellas hubieran sido así siempre sino que un día se dieron cuenta de que morían muchas veces y volvían a renacer otras tantas y entonces se hicieron más sabias, más tranquilas y empezaron a conocer la medida de las cosas.

Yo ahora se lo digo a mis hijos, esto de la muerte y el renacer y lo de la templanza, pero ellos no me hacen caso porque todavía no es su tiempo y porque el día que ellos entiendan estas cosas será porque yo ya no estaré, o seré una abuelita templada y apacible a la que sus nietos mirarán diciendo algo así como -¡qué suerte ser así y no sufrir!-

Hace poco observé mucho rato a mi madre mientras leía en su sillón y pensé, por primera vez, en qué cumbres habría subido, que puentes habría cruzado, en cuántos abismos habría caído y cuantas emociones y sentimientos habría tenido, antes de ser la mujer serena a la que yo admiro y quiero parecerme.

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19 enero, 2016

Partida de ajedrez



Yacen tus figuras abatidas, en un tablero de ajedrez.

Los peones, los alfiles, los caballos, las altas torres de las almenas fueron, finalmente, incapaces de resistir el incansable embite del contrario. Sus piezas tampoco han salido indemnes del combate. 

Es un campo desolado el que ante ti se muestra.

Has soportado muchos jaques. Has avanzado, huido y retrocedido muchas veces. En ocasiones sentiste muy cerca la victoria -dos jugadas más y el rey ya es mío- pero había siempre una sorpresa, un movimiento inesperado, una jugada traicionera, que volvían a reiniciar la lucha y su suspense.

La partida dura ya demasiado. El cansancio empieza a hacer mella entre nosotros y la inercia -mueve y pierde, pierde y mueve- de no esperar victoria alguna ni derrota.

Cada vez más a menudo, te invaden los deseos de levantarte de la mesa, y con un golpe brusco derribar las fichas y el tablero. Mandarlo todo al olvido, tirar todo por tierra: el tiempo, la pasión, el amor, la entrega. El cuidado exquisito en cada movimiento, los halagos, los rescates, la paciencia, las largas horas en acecho y la confianza inútil de unas huellas. 

Empiezan a pesar como una losa todas las jugadas conocidas, los cuadros blancos y negros del tablero, el reloj que no cesa, y el lugar se ha convertido en un espacio claustrofóbico y sin salida. 
Ni un rayo de luz, ni un poco de aire fresco. Todo aquí está viciado, sombrío y solitario. 

Sólo una palabra, un movimiento rápido, un gesto, un impulso necesario y el valor suficiente para abandonar al rey a su destino.


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10 enero, 2016

Invierno 2016

Fotografía: Bill Brandt

2016 no parece un año sino una cifra, o un número de lotería o de la ONCE. Se me hace extraño decir: "estamos en 2016" o "en este 2016". Pero sí, acabamos de comenzar 2016 y hay días que el tiempo se nos echa encima como una losa, como un pesado fardo que tenemos que arrastrar, cada vez más lleno. 
Apagadas las bombillas navideñas la gente, y el tiempo, han vuelto a su estado natural. Así que es invierno, sin luces ni adornos, invierno gris, lluvioso, de días oscuros y cortos y noches largas y oscuras.
Creo que la Navidad, aparte de muchas otras cosas, es la puerta iluminada con la que se nos engatusa para entrar en el invierno, igual que para entrar en el nuevo año es imprescindible hacer promesas de cambios que nunca cumpliremos. 
Yo este año no me he propuesto nada -para qué- sólo intentar ser feliz con las pequeñas cosas. Esas que pasan desapercibidas o están escondidas en cualquiera de las horas del día. A saber: una lectura, una buena película, un paseo, el cambio de los colores en la naturaleza, un poema, una canción, una buena charla y algunas risas con gente querida. Algún que otro viaje, un poco de mar, un encuentro inesperado o esperado, algunos abrazos, un poco de ternura, y que todo siga suavemente, sin sobresaltos ni golpes duros.

Pocas cosas, al fin y al cabo, pequeñas cosas que nos recuerdan que lo que verdaderamente importa está en lo cotidiano que, cuando nos falta, adquiere las dimensiones de su verdadero valor.
Pero bien sé yo que mi alma inquieta buscará abismos y profundidades, y escaladas difíciles y vuelos sin motor, así que vamos allá.



Me dices que es absurdo el universo,
que la vida carece de sentido.
Pero no es un sentido lo que busco,
cualquier explicación o una promesa,
sino el estar aquí y a la deriva:
una simple botella que en la playa
aguarda la marea.
Sí, la palabra justa es abandono:
una dulce renuncia que me nombra
señor y dueño al fin de mi camino.
Queden hoy para otros
los afanes del mundo, y que mi mundo sea
la magia de esta casa
tomada en su quietud por la penumbra,
saber que nadie llegará
a interrumpir mi tarde,
que no habrá sobresaltos,
ni voces, ni horas fijas,
porque ahora es tan sólo transcurrir
mi gran tarea.

(Vicente Gallego)


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28 diciembre, 2015

Un pozo



Anoche soñé que había vuelto al pozo. 
Al pozo del paisaje de mi infancia, rodeado de eucaliptos y en primavera de margaritas amarillas, muy pequeñas. En aquel pozo, me contó mi padre una vez, se había suicidado la hermana de su primera mujer. Se tiró a él una noche, mientras todos dormían y la hacían en su habitación. Nunca supieron porqué.

Cuando murió Felix Romeo, yo estaba en Archidona, en el Festival de Cine. Coincidí allí, de jurado, con Javier Espada, director del Centro Buñuel de Calanda. Me contó que iban a encontrarse en Madrid para dar un premio, o algo así ya no lo recuerdo, y que les llegó la noticia de su muerte repentina mientras le esperaban. De lo que sí me acuerdo es de que era viernes, 7 de octubre. 
Después de morir Félix leí "Amarillo", su tercera y última novela. Un canto fúnebre, un monólogo introspectivo en el que el escritor trataba de comprender el suicidio de su amigo, el también escritor Chusé Izuel. Me quedé colgada de aquel libro, como de las margaritas amarillas de mi infancia.

Hay días en los que es muy difícil hacer de las tripas corazón, así que puedo entender bien a Chusé y a Félix y a la hermana de la primera mujer de mi padre, que se llamaba Isabel -la mujer, digo- y de la que yo heredé el nombre con el beneplácito de mi madre que ni era celosa, ni tenía miedo a los muertos.

Siempre me han fascinado las personas que se han quitado la vida un día así, por las buenas. A algunas se las veía venir, decían sus amigos, pero otras sorprendían a propios y a extraños con ese ataque repentino sin vuelta atrás. 

Yo creo que hay que ser muy valiente para suicidarse. A. me ha dicho hoy que no, que hay que ser muy cobarde. 

Hoy he tomado café con A. y hemos hablado muy poco de política y mucho de nosotros y de literatura y de suicidios. 
Me ha contado secretos que yo desconocía de él y que no me han sorprendido, porque cada vez me sorprende menos que la gente no sea lo que aparenta, o lo que parece, o lo que da a entender a diario. 
Yo creía que A. era un hombre feliz, lleno de ingenuidad y muy optimista. Pero hoy he descubierto que también hay tormentas fuertes y tempestades dentro de él y que no es tan feliz como aparenta, y que no es tan optimista como parece. Y eso, inexplicablemente para muchos, me ha tranquilizado. 

Estas fechas son verdes y rojas. Alguien lo ha decidido así y las calles, los escaparates, los anuncios, son de esos dos colores. A mí me gusta más el blanco y el botón amarillo de las margaritas. Si yo pusiera un árbol de navidad, que nunca pongo, lo llenaría todo de margaritas blancas y amarillas, no de espumillón dorado, ni de bolas brillantes rojas y plateadas.

Ayer comí churros con mi hijo Manuel y Jara al anochecer en el parque de su infancia. Nos sentamos en un banco, al lado de la fuente, en la plaza en la que patinaban cuando eran pequeños y que ahora se ha convertido en un espacio de chorros de agua, para que la gente se refresque en verano. No había casi nadie en el parque a esas horas y sentí que era uno de esos pequeños momentos en los que, no sabes por qué, te sientes muy feliz. No pasa nada importante pero todo lo que pasa te importa.

Anoche soñé que volvía al pozo, al pozo de mi infancia, y cuando desperté lloré, porque el pozo ya no existe, ni mi infancia, ni las margaritas amarillas pequeñitas. 
Ahora todo es verde y rojo y hay día en los que es muy difícil hacer de tripas corazón.

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13 octubre, 2015

Lo que pasa

Fotografía: Vladimir Kutchinski

Pasas camuflado con el viento del otoño.
Un recuerdo fugaz, un pensamiento triste.
Y después nada. Sólo el olvido.



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07 octubre, 2015

Ya no

Fot. Michael Papendieck

Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.

No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era de verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.

Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.

No volveré a tocarte.

No te veré morir.

(Idea Vilariño)

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28 septiembre, 2015

Tardes

Fotografía: Donna Irene

Y ahora que, a pesar del engañoso y persistente calor, ya es otoño, cuando las tardes se acortan y crecen las noches, cuando todo alrededor se muestra desolado y confuso, permanezco largo tiempo en los campos de viñas, mirando ponerse el sol en el horizonte -siempre por Portugal- mientras los insectos revolotean a mi alrededor y el aire se llena de pájaros que regresan a algún lugar verde y frondoso para dormir.
Ahora, que he perdido la mirada azul y hundo mis manos en los grandes terrones de la tierra oscura de las viejas cepas, sin más compañía que el silencio y mis pensamientos, obstinados en seguirme allá donde vaya.
Me tumbo en el suelo esperando a las estrellas, para después volver a casa y ser la que esperan, la que siempre soy para no alterar el ciclo de la vida, la que se espera que sea para que nada cambie. Sabiendo yo que nadie vuelve nunca, de una tarde así, siendo la misma.

Las tardes

Ya casi no recuerdo las mañanas,
su tiempo azul y claro,
lejos quedan, perdidas en colegios
o en piscinas extrañas e indolentes.

Porque sentimos duro el despertar
retrasamos ahora 
la luz que nos fatiga los despegados ojos.
Y es un destino oscuro el de las tardes,
en ellas aprendí que llegará la noche,
y que es inútil
cualquier esfuerzo por burlar la historia
equivocada y triste de los años.
He vivido en la espera absurda de la vida,
cuando he gozado 
ha sido con reservas; amé creyendo en el amor
que habría luego de venir, y que faltó a la cita,
y renuncié al placer por la promesa 
de una dicha más alta en el futuro incierto.

Pero los días, al pasar, no son
el generoso rey que cumple su palabra,
sino el ladrón taimado que nos miente.
Con su certeza
nos convierte la edad en más mezquinos,
nos enseña a amar lo que nos duele,
las cosas más pequeñas, aquello que ahora somos
y tenemos: la música suave, nuestros cuerpos,
el calor de la estancia y el cansancio.
Buscamos la derrota de las tardes, su tregua
en la exigencia vana de una gloria
que ya no nos seduce. Nos convierte
la edad en más obscenos, y aceptamos
cualquier regalo aunque parezca pobre:
esa boca gastada por el uso, tan dulce aún,
el fuego antiguo y leve de la carne,
los viejos libros, los amigos justos,
un poema mediocre, pero nuestro, 
y la costumbre extraña 
de ser al fin felices en la sombra. 

Es un destino oscuro el de las tardes,
pero también hermoso
y breve como el paso de los hombres.

(Vicente Gallego)

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08 septiembre, 2015

Otoño, otra vez


Me da miedo el otoño. 

No sé si será una rareza mía o le pasa a muchas personas más a lo largo y ancho de este mundo.

Me asusta el viento y el crujir de las hojas en el suelo, la nostalgia creciendo junto a las setas, la lluvia y el viento que me aturde y me da dolor de cabeza.
Me angustia ver como los días encogen y el sol brilla por su ausencia a una hora cada vez más temprana.

Siempre tengo la sensación de que el otoño trae tristeza y melancolía, ese estado vago y sosegado de tristeza y desinterés que surge por causas físicas o morales, y que ahora llaman depresión.

Siempre tengo la sensación de que es más fácil enfermar en otoño, morir en otoño, huir en otoño.
La ciudad cambia de color y los pasos se vuelven apresurados donde antes había paseo y perezosa indolencia. Y como le pasaba a Van Gogh 
"me hace sentir muy triste y más desgraciado de lo que puedo decir, y no sé hasta dónde he llegado... No sé qué hacer ni qué pensar, pero deseo vehementemente dejar este lugar... Siento tanta melancolía."
Yo nací en otoño, pero no me gusta el otoño. Nunca me gustó volver del largo verano. Encerrarme de nuevo en el aula, en el trabajo, en la casa, en mí misma.
Nunca me gustaron la vuelta al cole, el babi con olor a recién planchado, los libros nuevecitos forrados con plástico, ni poner mi nombre en las portadas de cada uno de ellos, con esa letra redondita y clara de colegio de monjas.
Cada minuto del otoño echaba de menos la libertad del verano, los cuerpos semidesnudos, el calor de las siestas acompañadas del zumbido de moscas y abejas bajo las moreras. Las cortas e intensas noches estrelladas en las que mi padre nos nombraba los astros, tumbados boca arriba sobre una manta o nos recitaba el Romancero gitano de Lorca, con su voz aterciopelada y profunda.
¡Cómo canta la zumaya,
ay como canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con el niño de la mano.
El otoño es para los que se van, no para los que se quedan mirando detrás de los cristales los tejados húmedos y las calles brillando al anochecer.
El otoño es para los que tienen refugio con chimenea encendida y pueden sentarse ante ella rumiando pan y pensamientos sin nostalgia. 
Para los que hacen planes y construyen castillos en el aire, para los que diseñan proyectos o cuecen ideas en un puchero. Para los que esperan que haya algo más allá del horizonte, para los que se preparan para el invierno gris.


No es para nostálgicos ni melancólicos, para los que dejan rendijas en puertas y ventanas por las que se cuelan el aire y los afectos.


El verano llega de improviso y abre de par en par las salidas y las entradas, pero hay que sellar la casa para el otoño, prepararse para él. Es la única estación para la que necesito prepararme.
El otoño es para los poetas, a mí me da siempre miedo el otoño.

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01 agosto, 2015

De besos e islas


La otra tarde me encontré con una antigua amiga  por la calle. Hacía años que no la veía. El tiempo y otras cosas nos fueron separando y ya ni siquiera hablábamos por teléfono. La encontré bien, con buen aspecto pero, de todas formas y siguiendo las fórmulas habituales de cortesía, le pregunté qué tal estaba. Antes de responderme comenzó a besarse sus propios brazos desaforadamente, luego añadió:
-¿Ves todo lo que me quiero?, pues así estoy... estupendamente... queriéndome mucho, si no me quiero yo... ¿quién me va a querer?... y si yo me quiero todo va bien...

Me quedé en silencio. Aquella efusiva demostración de amor a sí misma me dejó anonadada y sin capacidad de respuesta. Sólo pude sonreír -no sé qué clase de mueca vería ella- y decir -¡qué bien!.

Cuando nos separamos caminé dándole vueltas al asunto de aquellos besos y aquellas palabras. Puede que tenga razón, puede que eso de quererse a una misma sea la base y el origen de la felicidad absoluta, pero ¿cómo se hace?. 

Seguí caminando y pensando, ¿dónde habrá encontrado la fórmula, la llave, el secreto?. Y ¿será verdad?, es decir, ¿funcionará al 100%, al 90%, al 50%?.

¿Logrará, con ese amor a sí misma, eludir los embates de la vida, las rachas de malos vientos, la pena de las despedidas y las ausencias, las palabras que se atragantan y no salen, los abrazos que nunca nos atrevemos a dar, los miedos, las incertidumbres, los silencios pesados como tormentas, las desilusiones que te imponen los años, las decepciones, los malos modos...?

Me acordé de un amigo al que también encontré un día en la feria del libro de mi ciudad, al que acababan de hacer una encuesta de esas típicas y tópicas sobre la lectura en plena plaza.
-Me han preguntado qué libro me llevaría a una isla desierta y les he señalado mis manos y mi cabeza- me dijo- aquí está todo, amiga, no necesito nada más, me basto conmigo mismo para seguir viviendo. Mis recuerdos, mis vivencias y mis manos harían de la isla un lugar habitable.

Me separé de él igual que de mi amiga. Desconcertada y sintiéndome muy, muy pequeña, muy torpe, muy inútil. 

La otra tarde, cuando llegué a casa, miré mis manos, toqué mi cabeza e intenté darme unos besos en mis brazos. Mi perra Jara, desde el sofá, me lanzó una mirada displicente y llena de escepticismo y yo, un poco abochornada, decidí escuchar este tema de Houaida Goulli, reflejo perfecto de mi estado de ánimo en esos momentos.


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26 julio, 2015

Al margen



Miro a mi madre leyendo el periódico del día y recomendándonos éste o aquel artículo. La veo recortar, para guardar en su carpetita "la de recortes y recuerdos", una noticia que le ha gustado o una foto que quiere conservar de alguien que conoce. La veo escuchando la radio y lamentándose de haberse perdido tal o cual programa - no te preocupes mamá, podrás escuchar los podtcast, mañana te los pongo- -¿cómo?- 

Encontrarme con una amiga que viene de una agencia de viajes de buscar sitios para vacaciones, con intermediarios, sin páginas web, sin alquiler online, sentada en una mesa, ojeando folletos llenos de preciosas fotografías en papel couché... 

Coincidir en la librería con un amigo que hace acopio de libros para las vacaciones, sin e-reader, sin descargas piratas, sin compras express en Amazon. Tomándose su tiempo, dejándose aconsejar por los libreros, deteniéndose en cada cubierta, en el resumen de la solapa, recreándose en la faja editorial. Sopesando el equilibrio o la complementariedad entre las distintas lecturas... 

Ver a dos amigas comprando la última temporada de su serie favorita -"para completar la colección"-en DVD, sin seriesly.com, sin seriesyokies.com, sin download, sin Adblock, sin publicidad porno añadida a sus búsquedas... 

Descubrir a mi compañera de trabajo buscando en la biblioteca una "guía completa" de Edimburgo, para localizar los mejores lugares y que le sirva de acompañamiento en su viaje, mientras charla animadamente con otros que ya visitaron la ciudad y apunta en una libretita sus recomendaciones personales, sin Google, sin Rumbo, sin Atrápalo... 

Subir a un coche sin GPS, perdernos en una ciudad y preguntar a un transeúnte por una calle, un museo, un restaurante. Que el transeúnte además nos aconseje una preciosa terraza nocturna en la que tomar los mejores gin tonics de la ciudad. Sin Google Maps, sin Realidad aumentada, sin coordenadas de posición ni navegadores... 

Quedar con unos amigos para cenar que no tienen Facebook, ni Twitter, ni WhatsApp, llamándolos por teléfono a un fijo -el de toda la vida desde que les conozco- y pasar una larga noche de risas sin emoticonos; de charla sin limitación de caracteres; de afectos sin dibujos de corazones añadidos...

No puedo evitarlo y desconozco el motivo, pero admiro y me llenan de ternura aquellos que están lejos del mundo virtual, de la lectura en pantallas, de las gestiones virtuales, de las amistades en línea, de los mensajes express... Aquellos que viven al margen de las nuevas tecnologías, que se toman su tiempo para hacer las cosas, que siguen encontrando, en el contacto humano, la verdadera forma de comunicarse. 

Yo ya estoy echada a perder.

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23 julio, 2015

Estación de tren


Subes una vez más a esa estación de tren, perdida en medio de un monte y de repente pasa un tren a toda velocidad. Te extraña el hecho en medio de una estación casi fantasma. Una estación para las ensoñaciones, los recuerdos, la saudade, los paseos junto a las vías, el silencio y la luz que se filtra entre los árboles.

Yo he subido alguna vez contigo allí, y he recogido piedras para traer a mi jardín de invierno, para que me acompañen en mi refugio solitario. He compartido contigo la inmensa soledad de aquel paisaje en el que el calor estaba dentro de nosotros, como un puente tendido entre dos almas que siempre parecen estar, fuera de allí, esperando el final.

Días después me cuentas la anécdota del tren y añades que fuiste allí a despedirte de mí y de tantas cosas. El tren fue para ti una señal de la debacle.

Y pienso cuántas veces te habrás despedido de mí con esos gestos, cuántas señales -como el tren- habrán reforzado tu adiós y tu deserción de una historia que parece hacer aguas desde hace mucho tiempo. Cuántas veces te habrás despedido de mi en tantos lugares mientras yo seguía tejiendo hilos, como Penélope, de sueños y esperanzas. Yo tan ajena a ese momento tuyo.

A veces tengo la sensación de que la nuestra ha sido siempre una relación de despedida. Una relación en estado permanente de subirte a un tren y decirme adiós con un pañuelo, desde una ventanilla que te lleva a un lugar en el que yo nunca estaré.


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26 mayo, 2015

Charros (1)

Hay muchas clases de charros/as, sí. Pero los que más me siguen asombrado son aquellos que te conocen desde hace años, que han compartido contigo ciento de cosas, con los que has llorado, reído, viajado, comido, incluso compartido habitación de hotel y sin embargo, cuando se despiden de ti en un correo, lo hacen diciendo: "un saludo", como si fueran el agente de tu seguro del coche, vamos.

En Extremadura, incluso sin conocerte, te envían un abrazo enseguida, para tender puentes, para convertir un correo impersonal en una carta, para dar calidez al frío y distante teclado.

Debes ser cosa del clima, digo yo. El calor genera calor, el frío, frío. Y así seguirá siendo. Por los siglos de los siglos.





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09 abril, 2015

Palabras con prospecto



Las palabras deberían venir con prospecto, como las medicinas, para conocer su composición: "cada una de estas palabras contiene miedos, dudas, mentiras o verdades, afectos, odios, envidias,  caricias o ternura..."

Deberían señalarse, sus indicaciones: "para el tratamiento de las heridas del amor y el desamor, para las afecciones y aflicciones de las vías familiares, para pacientes de soledad y el tratamiento de las lesiones de la amistad..."

Deberían ser advertidas sus contraindicaciones: "las palabras están contraindicadas en caso de intransigencia, falta de escucha y empatía, insolidaridad, cerrazón de mente, egoísmo extremo, incultura manifiesta..."

Deberíamos conocer las precauciones que debemos tomar antes de usarlas: si padecemos de nostalgia o de saudade, de antipatía o desencanto, de incredulidad o de exceso de confianza...

Deberían informarnos sobre las interacciones que pueden tener con los gestos, con los hechos, con el estado de ánimo de los que las reciben, con el momento en el que son usadas, con el tono y con el volumen... 

Deberían traer advertencias que nos hicieran valorar sus riesgos, sus efectos secundarios y los efectos que pueden causar en los otros o en nosotros mismos... Lo de contar hasta 10, por ejemplo, antes de decir algo, debería ser una advertencia con mayúsculas.

Deberían traer instrucciones acerca de su posología: cuándo y cómo administrarlas, con qué frecuencia, en qué preciso momento, cuando callarlas, cuando gritarlas, cuando susurrarlas o escupirlas, cómo modularlas, cómo moldearlas...

Deberían darnos instrucciones para su correcta administración, para su correcto uso, para la aplicación en momentos de enfado, de euforia, de cansancio infinito, de hastío o de alegría, de estupor, de asombro, de dolor, de rabia...

Deberían explicarnos su correcta administración: en qué momento administrarlas, en casos de qué síntomas, ante quién y de qué manera...

Deberíamos ser conscientes de sus reacciones adversas: cuando abusamos de ellas, si somos alérgicos a algunos fonemas o morfemas, si nos levantan dolor de cabeza o dolor de corazón...

Y por último deberíamos conocer la mejor forma para su conservación y su fecha de caducidad porque no todas las palabras valen después de un tiempo, porque repetir una mil veces las mismas palabras puede causar desvaríos de la mente, perjuicios irreparables o hacer que pierdan su significado y se vuelvan inocuas para curar nuestros males.

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04 enero, 2015

Entrar con buen pie

Iain Blake

¿Con cuál de los dos? -me pregunto. ¿cuál será el bueno?. Miro mis pies alternativamente. Uno parece ser un pelín más grande. No somos simétricos -recuerdo-. Uno está a mi izquierda y otro a mi derecha. Para los que me miran, es al revés. Cuestión de perspectiva, como todo.

Entrar con buen pie. Pero ¿dónde?. Feliz salida y entrada -dicen- Pero ¿de dónde salimos, en dónde entramos?. Vuelvo a mirar mis pies y busco una puerta. La de la salida y la entrada. Todas las puertas se parecen, blancas, marrones, algunas -más osadas-son verdes. Verde carruaje, dice mi madre. Pero éstas suelen ser puertas exteriores, puertas a un jardín o un patio, o puertas portuguesas. A los portugueses les gusta el verde. Bueno, también les gusta pintar las casas de rosa o amarillo. "Del rosa al amarillo" ¿no era el título de una película de Summer?. 

Vuelvo a mirar mis pies. Tengo que comprar zapatillas de casa nuevas. Unas calentitas para el invierno. Éstas que llevo ahora las compré en un mercadillo en Badajoz. Son de florecitas pequeñas azules. Son bonitas pero no calientan los pies. Esos pies con los que tengo que entrar bien en algún sitio. 

¿Estoy divagando? -me pregunto- No lo sé. Y este "no lo sé" me ha recordado a una canción que cantábamos cuando éramos pequeñas. Es decir, lo he pensado en el mismo tono de la canción. "Diviso una babosa, la piso o no la piso, zas, la pisé. La llevo en el zapato, la tiro o no la tiro, zas, la tiré. ¿Se ha morío? No lo sé.". Así, igual que en la canción, lo he dicho con el mismo tono.

Sigo sin saber cuál es el pie adecuado para traspasar el umbral hacia la entrada sugerida. Tendré que decidirme por uno. Echaré los dados. Antes escupiré sobre ellos, como hacían en las viejas películas del oeste americano. ¿Por qué escupirían?. Creo que les daba suerte, o lo creían ellos. Allí morían por cosas tan pequeñas como un dado. Ahora morimos echándole mucho cuento. Una muerte teatral, con la escenografía de los inmensos tanatorios a las afueras de las ciudades. Antes se velaba al muerto en casa, decían mi madre y Julia el otro día frente a la chimenea. Demetrio habló de las plañideras. Curiosa conversación de fin de año. Eso fue antes de comer las uvas. Unas uvas que tenían el hollejo tan duro que se nos amontonaron dentro de la boca y fuimos incapaces de tragar. ¿Y si esto fuera señal de mal augurio?. Entonces daría igual lo del pie y la entrada. La suerte ya estaría echada. Nada de lo que pueda hacer después, servirá. Uf. 

Por si acaso elijo un pie, sin dados ni monedas. El pie izquierdo. "Hoy te has levantado con el pie izquierdo"-decía mi madre cuando nos levantábamos de mal humor. Pues eso, el pie izquierdo. Aunque, hoy en día, lo izquierdo está muy devaluado. Pero "lo derecho" tampoco está para tirar cohetes. ¡Qué miedo le dan a Jara los cohetes!. Se esconde debajo de la cama temblando, incapaz de entender que son esos ruidos que, de repente, tanto nos gustan a los humanos. Tenemos gustos extraños los humanos. Vistos con ojos de perro deben ser extrañísimos incluso me atrevería a decir, bastante estúpidos y sin sentido. A veces, cuando miro a la gente bailar, me entra la risa. Esas contorsiones, esos movimientos... Si apagáramos la música sería mucho más ridículo aún.

Venga, el pie izquierdo. Y ahora la puerta de entrada a.....¿adónde?. Al nuevo año -me dice mi sobrina de seis años que, como todos los seres humanos de seis años, son mucho más lógicos y prácticos que yo-. Al nuevo año... y ¿por dónde se entra al nuevo año?. De nuevo, mi sobrina, tiene la respuesta -Por las campanas- Al nuevo año se entra por los campanarios. ¡Y yo buscando una puerta!. Pero para subir a un campanario necesito fuelle o alas y en el primer caso, los dos pies. "Pon los pies en el suelo" me decía mi madre cuando se me iba la cabeza a las nubes. Yo siempre he vivido con la cabeza en las nubes, o a pájaros, que también se dice. Y los pies se me iban detrás. Nunca he tenido una mente práctica ni he sido realista. "Antoñita la Fantástica -repetía mi madre a menudo. Pero para tener la cabeza en las nubes y los pies en el suelo, una se tiene que estirar mucho, como Alicia y comer galletas o beber de una botella con poderes mágicos. Yo tardé mucho en beber alcohol. Sólo bebía coca-cola. Litros de coca-cola. Ahora sé que era muy malo. Antes no lo sabía. Antes no era malo casi nada. Ni fumar, ni beber, ni el café, ni el chocolate, ni el chorizo. Antes la gente bebía, fumaba y comía sin preocuparse de nada. Y no hacían "running" más que para coger el tren o el autobús o cuando llegaban tarde a algún sitio. Antes todo parecía más sencillo. Ahora todo es malo para algo y hay que beber mucha agua y correr y comer lechuga y pescados a la plancha para vivir muchos años. Parecen haber encontrado el secreto de la eterna juventud. 

Pero los años pasan igual. Y se entra en un nuevo año como antes. Comiendo doce uvas, a través de un campanario y eligiendo un buen pie. 

Pues vamos a ello. Feliz entrada a todos/as. 

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23 noviembre, 2014

La ciudad


Es difícil sentir el ardor de una ciudad que no conoces. 

Sentir su olor, la luz de sus casas y sus calles, hacer tuya la emoción de los paisajes.
Difícil amarla -sólo se ama aquello que se conoce- difícil entender la pasión con la que sus habitantes defienden sus errores y sus virtudes.

Miro mi ciudad cada vez que vuelvo a ella. Intento mirarla desde abajo y desde arriba, con ojos de viajera, con mirada de turista, o de aquel que la visita por vez primera. Nunca lo consigo, mi vieja y pequeña ciudad, desaliñada, decadente, con las ruinas del tiempo y los desastres, está llena de los olores de mi infancia -oh, tiempo feliz- es mi Arcadia, mi Ítaca particular, el lugar al que siempre vuelvo arrullada por cantos de sirenas y aromas familiares.

Por eso, cuando esta mañana, al amanecer, inicio la lectura de "Más allá de Tánger" de Álvaro Valverde, me introduzco en la ciudad africana con la prevención de la viajera, la turista, de la que mira algo por vez primera, exenta de emociones, más allá de las que puedan provocarme la poesía de alguien que admiro y que nunca me decepciona con su forma de nombrar lo que ve y lo que siente.

No ha sido una lectura fácil. No. Muy distinta a las que, hasta ahora, he hecho de los libros de mi amigo el poeta placentino. Difícil por lo ajena y sin embargo, a medida que me iba adentrando en la ciudad que él describe, he encontrado las mismas sensaciones que produce en mí el regreso a mi ciudad de infancia.

Porque Álvaro Valverde me habla de Tánger, pero me habla también de colores y aromas, de la familiaridad que permanece, de la ciudad como espejo y recuerdo, de lo que se pierde y lo que permanece, de la memoria y el olvido.

Cada poema de este libro es un poema de regreso y de reencuentro. Álvaro abandona los paseos por las murallas de Plasencia y nos lleva, más allá del mar, al lugar que una vez fue suyo y que sigue siéndolo por encima de las ruinas del tiempo y el olvido.

Cada poema nos habla de su Tánger, aquel que él vivió y conoció en un tiempo y llena versos con palabras que tienen un sabor lejano a las encinas, palabras aromadas con especias de otros campos, otras piedras, otras calles.

El mundo interior de Á. Valverde sale aquí, más que nunca, fuera de sus límites, como hacen siempre con nuestros mundos interiores los viajes, los traslados, las travesías.
Sí, los viajes revolucionan nuestras pequeñas certidumbres, nuestras seguridades cotidianas, remueven nuestros recuerdos que, de repente, se abren ante nosotros inquietando lo que parecía escondido o guardado a buen resguardo. 

Sale bien parada la ciudad en su recuerdo. Ni siquiera la decadencia, propia del tiempo y los desastres, hacen mella en su mirada. Cómo a Lisboa -ciudad que él mismo cita en sus poemas- le sienta bien la decadencia a Tánger. Y en ella están la madre, el padre, su compañera de vida, su casa, el puerto, el zoco y los minaretes, la literatura que habita entre sus muros.

La nostalgia me persigue en la lectura, avanzo por las páginas como quien avanza por sus propias calles, las de esa ciudad que nos persigue, como un fantasma, allá donde vayamos. Pienso en Cavafis y en aquel poema: "La ciudad irá en ti siempre. Volverás a las mismas calles...". Avanzo por las páginas con esa sensación que siempre me dejó el poema del poeta griego de llevar la ciudad colgada a nuestra espalda, pegada a nuestra piel, sombra de nuestra sombra. Avanzo por las páginas cautivada por el ritmo, las palabras, las imágenes, el lugar y su misterio. 

Aunque a mí, que imaginaba a Álvaro Valverde en una ciudad amurallada, de calles empinadas y a sus pies un río, una ciudad de piedras y de encinas, envuelta en viento sur, lejos del mar y las medinas, me costará mucho imaginarlo ahora en aquella ciudad que ya era suya, de la que nunca salió, mal que me pese, en la que aún está, en la que aún vive.



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16 noviembre, 2014

Dicha

Robert Doisneau


DICHA

Sigo encontrando cierta dicha
en ir en bicicleta hasta tu casa.
Remar no se trata de llegar a la isla,
es disfrutar el trayecto
–dijo Ricardo cuando nos enseñó.
Cada desplazamiento tiene su clave sensitiva.
Bajo los cambios para subir.
Después,
apoyo el peso del cuerpo en los pedales
y me dejo caer en picada.
Se entretejen nudos en los pelos
cuando se ponen a flamear hacia atrás.
Las construcciones van perdiendo altura,
una estela de humo atraviesa el cielo,
dibujada con la punta de una fábrica.
Aterrizo en la entrada de tu casa. Las cosas
andan bastante mal ahí adentro
o en cualquier otro reducto
que tengamos que compartir.
Puedo aceptar que ya no nos queremos como antes,
pero si insisto, es porque la distancia
fabricada entre nosotros
es tan hermosa y delicada
como ningún otro trayecto
que conozca hasta ahora.

Daiana Henderson 
Del libro “Un foquito en medio del campo”
Editorial Municipal de Rosario, 2013

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